La naturalización de la miseria… “Tracción A Sangre (TAS)”

La siguiente es una carta recibida a nuestro correo por Angélica Miotti, la cual hace referencia a un descargo y al verdadero significado de la tracción a sangre y la pobreza

 

 

En reiteradas oportunidades me puse a escribir sobre este tema con la intención de publicar un artículo, pero nada de lo que escribía, pero parecía suficiente y, además, cada semana que pasaba quedaba desactualizado por tantas buenas y malas noticias al respecto. Pero el día 14 de julio de 2017 la periodista Dolores Curia publicó un artículo en el diario Página 12 en su versión digital llamado “Vidas Precarias”, en el cual habla sobre el proteccionismo animal y publicando una entrevista que le hizo a la antropóloga María Carman, quien habla, justamente, sobre la TAS. La verdad es que ni Curia ni Carman aportaron nada nuevo ni superador sobre la problemática, sino todo lo contrario. Escribí para ejercer mi Derecho de Réplica, pero no obtuve respuestas por parte de la periodista ni del diario Página 12. Decidí publicarlo igual, cambiando apenas el formato de mi artículo, manteniendo citas literales de ambas profesionales e incluyendo el link donde está la nota “Vidas Precarias” para que se entiendan mejor mis palabras: https://www.pagina12.com.ar/49901-vidas-precarias

 

Coincido si cuando se habla –en la nota- de “furor por el proteccionismo animal”, se está refiriendo al entusiasmo o a la vehemencia en dicha labor, pero no si se hace alusión a una exaltación, violencia o afición desmedida por algo o a una moda. Y aporto un dato menor: lo menos equívoco sería decir, por ejemplo, “grupos animalistas” y no “proteccionistas”, para ser más abarcativos ya que, miles de personas sin ser proteccionistas, trabajan por los derechos de los animales día a día. 

 

Reconozco que no han caído en la generalización: hay tantos modos de llevar adelante el activismo como personas que lo realizan. Algunos eligen trabajar por los derechos de los animales no-humanos con más énfasis que por los derechos de los animales humanos (recordemos que la especie humana es animal, aunque –cuando nos conviene- lo olvidamos), pero no lo hacen con el fin de “renunciar a perseguir la dignidad humana” -tal como se afirma en aquel artículo-, sino porque el animal no-humano es el último en la lista de intereses, es una “cosa” casi invisible e inexistente para el Estado (en todos sus niveles y divisiones), está ausente de la agenda pública (hasta hoy), es el primero y el único en ser torturado y maltratado bajo una impunidad total. Es un ser sintiente que padece en el total anonimato y sólo para servir al hombre. Es una cosa mueble (registrable y no) para las leyes, y un objeto descartable para muchos humanos. Y todo esto a pesar de habérsele ya reconocido su SINTIENCIA, es decir, su capacidad de sentir y demostrar determinadas emociones. Curiosamente, no fue un grupo de “proteccionistas” quienes tuvieron semejante ocurrencia, sino grandes y reconocidos científicos, confirmando lo que muchos filósofos, políticos e intelectuales sostenían desde hacía rato, y lo que leyes internacionales reconocen y protegen desde el siglo anterior.

 

Retomando la idea, en buena hora existe el activismo dedicado a evitar o mitigar el sufrimiento del animal no-humano, porque, aunque parezca un amarillismo, “Somos la voz de los que no tienen voz”, buscando que el Estado cumpla su deber: desarrollar políticas públicas eficaces, reales, aplicables y respetuosas de la vida animal (el Estado está en perfectas condiciones de hacerlo sin necesidad de descuidar ninguna otra prioridad, aunque siempre sea esa la excusa perfecta). 

 

El reconocimiento de los derechos del animal no-humano forma parte de una nueva generación de derechos. Es un hecho histórico que la misma evolución de la humanidad viene demandando desde hace tiempo. Son parte de lo mismo, se complementan. Estamos en medio de un cambio de paradigma, dejando atrás el antropocentrismo, para mirar y considerar la vida desde un lugar menos egoísta y más realista, extendiendo nuestro círculo de compasión a los demás seres vivos que habitan este mundo. Eso no significa necesariamente ir en desmedro de la dignidad humana. De hecho, durante los siglos en que el humano fue el centro de todo y el único titular de derechos, han sucedido las más grandes aberraciones y atrocidades a su propia dignidad, libertad e integridad. Sería una brutalidad comparar lo que en aquella publicación llaman “furor del proteccionismo” con un movimiento que denigre al humano y su dignidad. Pero, como todo cambio de paradigma, provoca miedos, prejuicios y malestar en algunos.

 

Además, sin necesidad de hilar fino, el hecho de sentir empatía con los animales no-humanos y trabajar para darles una vida libre de sufrimientos, dignifica al ser humano. La empatía es una virtud que pocos se dan el lujo de aceptar y conocer. Una virtud dignificante, altruista y noble. Y si somos una especie “superior”, es justamente para protegerlos. 

 

Con respecto al activismo ambiental –aclaro que no es mi especialidad-, lo entiendo de esta simple manera: algunos pocos realizan ese gran trabajo para que ellos mismos, junto al resto que no hace nada (o sea, la mayoría de las personas) y las generaciones venideras no tengan que padecer, por ejemplo, tal o cual contaminación. Es decir, buscan cuidar y proteger el ambiente o la naturaleza en beneficio exclusivo del humano. Los ya reconocidos (en el derecho comparado y algunas ciudades argentinas) “Derecho del Agua, de la Tierra, del Aire…” no son más que creaciones y tipificaciones siempre en beneficio mediato e inmediato del ser humano. ¿O acaso no lo vemos? 

 

Por último, con respecto al tema “Tracción A Sangre (TAS)”, les aseguro a las profesionales que es sumamente difícil opinar desde afuera sin caer en sentencias parciales y sesgadas. Constantemente, se repiten frases escasamente reflexionadas, políticamente correctas pero ética y humanamente inadmisibles. 

 

En primer lugar, quienes trabajamos por los derechos de los equinos, es decir, los “pro-caballos” –como se nos definen en aquella nota-, lo hacemos para liberarlos no sólo de la TAS, sino también de las jineteadas, domas, pialadas, carreras, cinchadas, apuestas, frigoríficos, polo, etc, etc, etc. Esta aclaración es válida debido a la injusta y vacía acusación que se nos hace con regularidad, inclusive en la publicación por la cual escribo estas líneas, afirmando que estamos en contra de determinada “clase social”, a la cual estigmatizamos o criminalizamos. El trabajo por el fin del maltrato animal NO ES CLASISTA, no distingue clases sociales, no es a favor de una y en perjuicio de otra, al contrario. Y a cada actividad le llegará su momento, trabajamos en esto todos los días, se da paso a paso. Tampoco los activistas respondemos a una “clase social” determinada. La empatía por los olvidados no distingue “estratos sociales”. ¡Superémoslo! 

 

Tomando una oración de la nota, sería más correcto decir que una “inquietud poco visitada a la hora de meterse en.…” es la que adoptan quienes critican el trabajo de otros sin saber, sin aportar o sumar permitiendo que TODO SIGA IGUAL y provocando un daño y un retroceso injusto en esta causa. Las ópticas unilaterales y obtusas son muy dañinas.  La gran mayoría de los activistas que buscamos el fin de la TAS, lo hacemos porque dicha problemática implica, además de maltrato y crueldad animal, trabajo y explotación infantil (es la segunda causa de trabajo infantil según la UNESCO), insalubridad e informalidad laboral, exclusión social, deserción escolar, pobreza, desnutrición, enfermedades varias –graves y no-, accidentes viales.

 

La TAS no deja nada injusto fuera de ella. 

 

Quienes defienden la continuación de la TAS perpetúan a sabiendas una pobreza estructural sin precedentes. Mediante eufemismos y frases decimonónicas, los “pro-carreros” condenan a estos actores sociales a la eterna miseria, a que jamás puedan ganarse el dinero de otra manera que no sea revolviendo la basura, a que no puedan comer otra cosa que no sean los desechos de los demás. Quienes defienden la situación actual del cartonero, lejos de bregar por sus derechos humanos, lo están marginalizando aún más, a él y a sus hijos, quienes correrán la misma suerte, creciendo sin otras herramientas y oportunidades. Porque “pobres… son pobres, así nacieron”. 

 

El Estado es el mayor y gran responsable y culpable de la situación. Pero también tenemos que asumir una responsabilidad los ciudadanos: algunos por no reclamarle al gobierno de turno, otros por naturalizar la problemática o por desinterés. Muchos por cobardía, otros por intereses políticos (cobardes también). Algunos por ser políticamente correctos y otros por pacientes y confiados con los gobernantes. En fin, ante la gran ausencia del Estado, los particulares hacemos lo que podemos. ¡Y jamás vamos a defender el populista pensamiento “Déjenle su herramienta de trabajo! ¡Son pobres!”. El neologismo “pobrista” aplica a la perfección para definir esta ideología nefasta pero políticamente correcta. No conozco secretarías estatales, grupos ni ONGs de DDHH (incluyendo Derecho del Niño, Niña y Adolescente) que se haya manifestado en contra de esta injusticia social y haya trabajado en ello o gestionado otro tipo de actividad para la economía familiar de estas personas. No pueden quitarse el retrógrado chip de que el cirujeo es “la (única) opción para los más pobres”. Así estamos, en un círculo vicioso sin fin. 

 

¿A quién se le ocurre que herramienta de trabajo, en pleno siglo XXI y el alto grado de urbanización sea un caballo traccionando por las calles y todo maltrecho? ¿Quién tuvo la pésima idea de que el cirujeo es trabajo? Es una actividad indigna que algunas personas realizan por obligación y excesiva necesidad, otros porque es lo único que conocen y otros por comodidad. Y, ¡son los únicos agentes de reciclaje! ¿Esas condiciones vamos a ofrecerles?

 

Entonces, como dije, esta filosofía tan común, pero “pobrista” y esclavista, que defiende y ampara el trabajo indigno, el trabajo infantil y la explotación animal es la que conduce –paradójicamente- a “renunciar a perseguir la dignidad humana”, esa misma con la acusan al  “proteccionismo animal” en la nota mencionada. Y es justamente el sector animalista EL ÚNICO que, al denunciar tenazmente el maltrato animal, obliga al Estado a tener que atender la problemática humana que implica la TAS, es el único que ha visibilizado y denunciado lo que muchos han tristemente naturalizado.  

 

Dicho de otro modo, sostener y defender que los DDHH del cartonero se basan en seguir comiendo de la basura y movilizarse a caballo (explotando y maltratándolo), en plena ciudad y en pleno siglo XXI, ante la mirada cómplice de una parte de la sociedad que no se le ocurre oponerse con indignación a ello y con la anuencia de ciertos “gobernantes”, es ÉTICAMENTE VERGONZOSO.  

 

El pedido incansable de terminar con la TAS implica libertad para el animal y dignidad para el humano. Es una regla de tres simple, una ecuación que se resuelve contemplando obligatoriamente ambas problemáticas. Y es una obligación política, cívica y ética de la sociedad, sus instituciones y dirigentes. Hablando de esto, quisiera dejar claro que “Revisar las condiciones de vida de los carreros” –como se nos pretende a los animlaistas en aquella nota- es totalmente cierto y necesario, pero le compete exclusivamente al Estado, no a quienes denunciamos el maltrato animal o llevamos a cabo activismo. No confundamos las responsabilidades. Aunque, muchas veces también en ese reemplazamos al Estado. 

 

Sobre los casos “extremos”, que en verdad son la minoría, a quien María Carman califica como los “pro-caballos anti cartoneros que bestializan lo humano y humanizan lo animal”, me permito decir que su máxima ha sido desmesurada y malintencionada, y mostrar el porqué del “extremo”: latigazos, cadenazos, puñaladas, puñetes y palazos. Quemaduras, cascos heridos y destrozados, herraduras mal puestas o ausentes (es como para un ser humano caminar por el asfalto en carne viva y sin poder detenerse). Hembras preñadas (pariendo en la calle), quebraduras y lesiones. Equinos viejos o muy jóvenes no desarrollados aún. Mala nutrición, falta de atención veterinaria, temperaturas extremas, enfermedades, deshidratación, jornadas de 8 o más horas sin parar, sobre las mismas calles en las que circulan colectivos, camiones, miles de autos y la insoportable contaminación auditiva. Arrastrar cientos y cientos de kilos (entre el material reciclable y no reciclable -escombros, por ejemplo- y las personas que van arriba) totalmente fatigados…. es la constante, es lo normal, es parte del paisaje de muchas ciudades del país. Es lo que muchos han naturalizado y otros defendidos como algo justo y digno. Eso si que es bestial. Y con total seguridad, afirmo que nadie busca humanizar al caballo. Buscamos el respeto de sus derechos básicos: libertad, alimento y ausencia de malos tratos y de tortura. Nadie quiere derechos humanos para animales no humanos. El problema es que con la TAS no se respeta el más mínimo derecho al animal. 

 

Entonces, ante tanto cinismo, hipocresía y olvido, muchos -con más coraje que recursos- decidimos abogar por el más débil, desprotegido y olvidado: el invisible caballo, que tracciona HASTA MORIR. Y, por si fuera poco, esto noble trabajo, por más criticado que sea, ha puesto en evidencia y ha denunciado el negocio que muchos tienen con la pobreza y los pobres. 

 

Ninguna “clase social” está autorizada ni legitimada para maltratar a un ser sintiente. La pobreza no justifica ninguna crueldad, la riqueza tampoco. Y es inadmisible que muchos sigan usando a la pobreza como la mejor coartada. Maltrato es maltrato, sea quien sea la víctima y el victimario. Y está demostrado que, quien es violento con un animal, lo es o lo será con humanos. 

 

Reducido a lo esencial, lo que nosotros defendemos es de mero sentido común y coherente con la dignidad humana y animal. Me permito disentir de manera absoluta con la afirmación antropocentrista (léase, fundamentalista) hecha por María Carman, de que en el tema ambiental hay que ver “cuáles seres están dotados de valor y cuáles pueden ser descartados”. Es hora de que los “Derechos de la Naturaleza” empiecen a formar parte del rango de preocupaciones de quienes vienen del lado de los DDHH. Es hora de ampliar y profesionalizar la mirada y el trabajo, mejorar los resultados, y ayudar a los demás seres sintientes que comparten con nosotros la aventura de la vida en este planeta. Esto no implica descuidar las cuestiones humanas, sino sumar otras problemáticas que hasta hace poco estaban en el anonimato.

 

La protección de los Derechos del Animal-No Humano es una prioridad que debe ponerse a la par de las demás. Ni por encima ni por debajo. 

 

*Angélica es miembro de la Red Internacional AcerTaS!, Delegación Rosario (Santa Fe).